Yo, nido. Tú, alas.
Un sol dormido despertó en mi esencia,
pequeña llama.
Bebí su aroma, hálito sagrado,
cuna secreta.
Su voz callada navegó en mis venas,
ecos del tiempo.
En sus latidos supe de los ciclos
e impermanencias.
Tejí su piel con hilos de entereza,
abrigo y canto.
Creció su soplo igual que crece el viento,
sin ataduras.
En el umbral, donde la vida estalla,
rodeó mi cosmos,
sentí en mi pulso el pulso de los siglos,
cáliz de entrega.
Y entre mis brazos supe que mi afecto
era su nido.


Carmen Tomeo Pérez
