Dice Mario Vargas Llosa en El pez en el agua que, en su casa de Lima, las comidas dominicales se convertían en largas tertulias llenas de anécdotas de parientes, historias de infancia y discusiones, que él escuchaba fascinado. Pues de eso va este libro, de intentar narrar similares vivencias que al autor también lo entusiasmaron —y lo siguen haciendo—. De transitar por la geografía emocional de las cuatro familias de las que ha formado parte; de las personas que las formaron y sus historias; de la leña que avivó las sobremesas de esos hogares y de los dichos que de ellas resultaron, componiendo todo ello un léxico propio que perdura como herencia inmaterial familiar.


Enrique Campos Fernández nació en Belmonte en 1951. Es el benjamín de cuatro hermanos, aunque en su casa vivía también Paca, una prima hermana (más hermana que prima), que además era su madrina. Por desgracia, no conoció a ninguno de sus abuelos, ni a más de la mitad de sus tíos paternos. Como su padre también era el más pequeño de una extensa relación de hermanos, a él, de crío, ya le tocó jugar con los hijos de sus primos. En la familia paterna eran agricultores, pero como su padre, en uno de sus juegos infantiles, perdió un ojo, su madre consideró que su pequeño no debía trabajar en el campo y lo puso de aprendiz en una tienda. Buen ojo el de la abuela, porque su hijo resultó un exitoso comerciante.
Sí conoció a todos sus tíos y primos de la familia de su madre, pero como vivían en Tarancón, los veía «de higos a brevas». Aunque eso también hacía que los encuentros se viviesen con más intensidad y se realizasen con personajes que, aunque de la familia, estaban algo mitificados y cubiertos por la pátina de las añoranzas maternas.
Aunque le hubiera gustado estudiar Bellas Artes, cursó Magisterio en Cuenca —es lo que había—, ejerciendo con satisfacción en El Pedernoso, Belmonte y Albacete. Fue ya en esta última capital donde se licenció en Ciencias de la Educación y, en la Universidad Popular, estudió algunas técnicas pictóricas que le han llevado a participar en exposiciones e ilustrar algunos libros y revistas.
Desde siempre ha sido aficionado a la lectura y, desde que se jubiló, forma parte de un club de lectura de la Biblioteca Pública, lo que ha intensificado su contacto con los grandes escritores. Estos han ampliado esas historias y relatos que escuchaba de niño en las tertulias familiares y en las que agudizaba el oído cuando escuchaba eso de «cuidado, que hay moros en la costa», porque entonces era cuando empezaba lo bueno.
