Ciro, frente a nosotros, verdean los albaricoqueros. Aletean, vibrantes y brillantes, sus hojas con este ligero vientecillo. ¿Las escuchas? Y sus frutos ya los ha empezado a dorar el sol. ¡Qué variedad de colores tiene el albaricoque! Persiste el verde, pero con tonos naranjas a rojizos y un amarillento intenso. Y arriba, en el cielo azul y limpio, ondean las golondrinas como minúsculos y veloces bumeranes negros. Al bajar la mirada, vemos los restos de muralla en la peña del castillo: muros áureos bañados por el sol y almenas…
Nunca antes se habló tanto de lo rural como en estos tiempos. La sangrante realidad es su abandono y, a veces, hasta su desprecio. Han dejado que se rompa esa interrelación entre el campo y sus abnegados agricultores que, con el poder de sus manos, realzaron la belleza de un espacio natural poblado por hermosas y abundantes arboledas, y el cuidado de verdes bancales.
Rota ha quedado esa sinfonía armoniosa de la naturaleza que rodeaba y envolvía, con todo su esplendor, a los pueblos.
Quien esto escribe (Vicente Martínez, 1961) intenta revivir en esta obra, al compás de la palabra y los sentidos, lo que para mí fue el gran tesoro rural que ahora se desvanece.
Soy autor de otras dos novelas: Gritando no morir (2011) y La azada (2019). También he publicado varios relatos en la revista literaria Barcarola.
