Esto son un montón de cartas para ti que hemos ido escribiendo, poco a poco, en estos últimos veinte años. En ellas te contamos cómo funciona realmente esto de publicar y de autoeditar, pero también hablamos de otras cosas, no creas...
Había una película de Almodóvar en la que la protagonista trabajaba como correctora de pruebas de imprenta y su trabajo le daba para vivir a todo trapo en un piso gigante en el centro de Madrid.
Si eres corrector o tienes algún amigo que lo sea seguro que todavía te estás riendo, porque, como sospechabas, se trata de un trabajo mal pagado.
En el que casi siempre eres autónomo.
En el que tendrás suerte si logras ganar un sueldo todos los meses.
Y en el que, pase lo que pase, te equivocarás.
Porque la corrección perfecta no existe.
Si lees libros habitualmente, lo sabes.
Da igual el libro, da igual la editorial.
Siempre hay erratas.
Siempe.
Todo esto viene por lo que te digo todo el rato de que te tomes en serio la edición de tu libro.
De que no seas chapucera/o.
De que cuides la corrección, la maqueta, la cubierta…
Pues hoy te voy a aconsejar justo de lo contrario.
¿Cómo?
¿A estas alturas?
¿Después de toda la matraca que te he dado con eso?
Sí.
Hoy la cosa va de saber parar.
Verás, hace unos años un autor nos contrató para publicar un ensayo de 500 páginas, en tapa dura.
Contrató mil ejemplares impresos para él (aunque se lo desaconsejamos). Y el paquete completo: corrección, maqueta, ISBN, etc.
Por supuesto siempre le enviamos al autor las galeradas del libro, una vez maquetado, para que las revise.
Y nuestro servicio incluye una tanda de cambios (10 por cada 100 páginas maquetadas) porque se entiende que la revisión exhaustiva del texto ya ha sido realizada antes de la maquetación. Si hay más tandas o más cambios cobramos un extra.
Hasta ahí todo claro.
Los problemas empezaron con la cuarta o quinta tanda de 200 cambios que nos envió.
Se multiplicaron cuando, con el libro impreso, nos escribió para decirnos que destruyéramos los mil ejemplares porque iba a hacer más cambios y lo iba a reimprimir (por supuesto asumiendo él todos los gastos).
Y se disparataron cuando, destruidos los mil ejemplares y resueltas las nuevas tandas de cambios (que fueron varias y cuantiosas), con el libro ya en imprenta otra vez y las planchas hechas, el autor volvió a pararlo todo para iniciar un nuevo proceso de revisión y modificaciones (asumiendo él una vez más todos los gastos).
No hay dinero que pague en el mundo algo así: terminar de escribir un libro con la imprenta en marcha produciendo ejemplares.
Le tuvimos que decir que no.
Que nosotros no podíamos seguir con la edición de su libro.
¿La moraleja?
Claro que hay que preocuparse de que la edición de un libro sea buena. Pero también es fundamental respetar los procesos porque sirven para construir pasillos de seguridad, cortafuegos… y también límites.
Por ejemplo: si revisas las galeradas e indicas cambios, no es buena idea que te las vuelvas a leer enteras cuando te las manden otra vez. Ahí lo que tienes que hacer es revisar que se hayan hecho los cambios que indicaste.
Y ya.
Lo otro es el círculo (dantesco) del infierno de los correctores.
¿Y el final de la historia?
Pues el autor se enfadó mucho al principio, incluso nos amenazó de muerte (en serio), pero unos años después volvió y nos pidió disculpas.
Y el karma descansó.
Los que no descansamos nunca somos nosotros, que seguimos a todo trapo publicando libros: los corregimos, los maquetamos, hacemos la cubierta, tramitamos el ISBN, hacemos el ebook, los imprimimos y los ponemos en distribución. Y todo lo tienes justo aquí, al otro lado de la flecha.
