Combustible para cohetes

Esto son un montón de cartas para ti que hemos ido escribiendo, poco a poco, en estos últimos veinte años. En ellas te contamos cómo funciona realmente esto de publicar y de autoeditar, pero también hablamos de otras cosas, no creas...

Y hablar no tiene fin

Hace muchos años emprendimos un viaje iniciático a una de las capitales de provincia más importantes de España.

Una peregrinación, se diría, porque íbamos a visitar a un editor.

Le habíamos enviado muestras de nuestro trabajo y unos meses después (el negocio editorial es sobre todo lento) nos había contestado y nos había pedido que le visitáramos.

En aquellos entonces un editor (sobre todo uno como ese, de una editorial importante, personalista, decimonónica) era una autoridad, un prohombre.

Resultaba apropiado, pues, ilusionarse para la ocasión.

(Hablo en plural porque íbamos cuatro, no me he vuelto mayestático ni nada así.)

Todo esto viene a cuento porque el otro día un suscriptor de esta lista me regañó.

Me dijo: ¿Por qué hablas de lo que hacen los demás?

Me dijo: Cuéntanos cosas sobre lo que hacéis vosotros.

Y yo, como siempre que me dicen algo, me quedé pensando… y al final acabé en aquel primer encuentro con el editor misterioso.

Que, por cierto, no era en absoluto del tipo todo por la pasta. Más bien al contrario: estaba repleto de valores, de dignidad, de principios… 

Era alguien admirable.

Pues fíjate: apenas media hora después de conocernos, el prohombre se empezó a quejar amargamente de la estrategia de las editoriales multinacionales de bombardear el mercado de títulos para expulsar a las editoriales medianas y pequeñas de las librerías (esa locura estaba empezando entonces).

Luego aseguró que prácticamente todos los premios literarios estaban dados.

Nos dijo algunos que no, por si nos interesaba presentarnos.

Y nos recomendó (él, que había alcanzado el parnaso de la cultura de masas orteguiana preinternet) la guerrilla.

–Nada de distribuciones y promociones maximalistas –nos dijo–, nada de escalas locas. Lo que funciona (para vosotros, para mí y para cualquiera) es conocer el territorio y utilizarlo.

Así que ya ves que el editor misterioso, sin conocernos de nada, habló.

No se cortó ni un pelo.

¿Lo hizo porque quería conseguir algo de nosotros?

Obviamente no.

Más bien parece que le importaba, y mucho, lo que hacían los demás a su alrededor.

Lo que hacían los otros editores.

Los autores.

Las librerías.

Los distribuidores.

Las imprentas…

Le importaba hablar de ello, criticarlo, alabarlo, comentarlo.

Le importaba la conversación.

(Y no esa mierda de controlar el relato, de la que hablan ahora a todas horas, que es en realidad un eufemismo de algo muy viejo: la propaganda).

Así que, respondiendo a ese suscriptor que me preguntaba por lo que hacemos nosotros, podría soltar un rollo sobre correcciones, maquetas, ISBN, ebooks, impresiones, distribuciones… ya sabes, pero es que lo más importante no es eso.

Lo más importante de todo lo que hacemos es hablar.

Hablar sobre editar y publicar libros.

Sobre imprimirlos.

Sobre distribuirlos.

Sobre venderlos (o no).

Hablar sin pelos en la lengua.

Con el primero / la primera que pasa por aquí.

Hablar, desde nuestra única y recoleta oficina en las provincias, usando el email, el teléfono, el correo postal.

Y, ya sabes, hablar no tiene fin.

Estamos aquí: sigue la flecha.

¿Quieres publicar?

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