Esto son un montón de cartas para ti que hemos ido escribiendo, poco a poco, en estos últimos veinte años. En ellas te contamos cómo funciona realmente esto de publicar y de autoeditar, pero también hablamos de otras cosas, no creas...
Cuando una autora nos contrata para que imprimamos 200 ejemplares de su obra nos está pidiendo un imposible.
Porque las matemáticas no existen realmente.
No, al menos, en este mundo.
Las figuras geométricas perfectas, las unidades idénticas son conceptos abstractos.
Aun así, nosotros hacemos como que imprimimos 200 libros exactamente iguales.
Ella hace como que recibe 200 libros idénticos.
Y sus lectores, como que todos valen el mismo precio y que son intercambiables entre sí.
A pesar de que cada ejemplar es único.
Y tiene su propio destino.
En todos estos años nos han escrito autores diciendo que habían visto su libro:
En las manos de un desconocido en el metro.
En una librería de segunda mano en California.
En una reseña de una web en italiano.
En un apartamento alquilado para vacaciones.
Entre la materia prima de un artista que hace muebles con libros.
En una biblioteca municipal de un pueblo perdido de Castilla.
En un contenedor de papel reciclado.
En el escaparate de una tienda de decoración.
En la sala de espera de un médico.
Entre los tesoros de la pequeña librería de un adolescente.
En la única librería de obras en español en China.
Etc.
Nadie sabe lo que le espera a cada uno de esos 200 ejemplares.
La página más visitada de toda nuestra web fue, durante mucho tiempo, la ficha del catálogo de un libro que editamos en 2011. ¿Por qué? Ni idea, pero imprimimos mil ejemplares de aquel libro…
Mira lo que pasó con Sixto Rodríguez, en Searching for Sugar Man.
Los libros, o mejor dicho, cada-ejemplar-casi-idéntico-impreso-del-mismo-libro, tienen destino, como los seres vivos.
Y aura también.
Yo por ejemplo guardaba con celo un ejemplar de Mi vida de A. Chejov, en la edición juvenil de Bruguera, esa que hacían con tapa dura verde.
Me lo regaló mi padre cuando era niño, un día que estaba enfermo, para que me entretuviera en la cama. No le hice mucho caso entonces: esperaba un juguete, el título no me sedujo nada y el apellido ruso de su autor me sonaba a tostón. Sin embargo, cuando lo leí, unos años después, se convirtió en uno de mis libros favoritos.
Y aún lo sigo releyendo casi todos los años.
Un verano se lo dejé a una amiga y lo perdió en una estación de tren en Andalucía.
Me dijo que me había comprado, de segunda mano, uno exactamente igual para reemplazarlo.
Y yo hice como que eso era posible.
En fin, si entiendes todo esto que te estoy intentando explicar, entenderás emails como el que nos llegó (y conmovió) la semana pasada:
Hola, chicos:
Los libros llegaron ayer. Pensaba que os había escrito, pero con la emoción acabo de comprobar que no le había dado a enviar.
Cien vidas recién nacidas nada menos, entre las manos.
Qué será será…
…lo que haya de ser será, pero desde luego todo empieza por editar, imprimir y distribuir tu libro y, para eso, quizá deberíamos conocernos. Nosotros estamos aquí: justo al otro lado de la flecha.
