Esto son un montón de cartas para ti que hemos ido escribiendo, poco a poco, en estos últimos veinte años. En ellas te contamos cómo funciona realmente esto de publicar y de autoeditar, pero también hablamos de otras cosas, no creas...
Nos acabábamos de mudar a otra ciudad.
Era agosto y yo estaba metido en casa, aburridísimo, porque aún no tenía amigos.
Con mis quince años recién cumplidos, un sábado por la tarde.
New kid in town.
Y entonces llamaron a la puerta y mi padre me dijo que abriera.
Explícitamente a mí.
Y eso no era muy normal, la verdad.
Tampoco lo que me encontré en la entrada de mi nueva casa: un chaval al que no conocía de nada, mayor que yo (los chicos se dan cuenta de esas cosas de la edad enseguida), super maqueado (¿?), con un libro en la mano (¿¿??), que me llamó por mi nombre y me dijo:
–Venga, arréglate que nos vamos a tomar algo.
(¿¿¿???)
Por un momento me sentí como en aquella canción de The Smiths, There is a light that never goes out (Hay una luz que nunca se apaga) cuando dice:
And in the darkened underpass
I thought, «Oh God, my chance has come at last»
(Y en el oscuro pasadizo
pensé «Oh Dios, por fin ha llegado mi oportunidad».)
Pero todo volvió a la gris y acogedora normalidad cuando mi padre apareció justo detrás de mí, con una sonrisa de oreja a oreja y dijo:
—Hombre, Javier, qué tal.
La jugada estaba clara:
Mi padre, que si mi hijo no conoce a nadie.
Su padre, que si no te preocupes, que le digo al mío para que lo saque por ahí, que aunque es un poco mayor no pasa nada…
(Padres del mundo, sabed que sí que pasa.)
El caso es que la historia sigue (nos juntamos con sus amigos y fuimos a una discoteca que me quedaba un poco grande) pero lo que a nosotros nos interesa es el libro que aquel chico llevaba en la mano.
¡Era una novela que había autoeditado su padre!
Recuerdo, justo antes de irnos (ya maqueado yo también), al mío hojeándola en el salón.
Y recuerdo que salí de la casa muriéndome de la curiosidad por ponerle las manos encima a aquel libro…
Esto es arqueología de la autoedición porque fue hace mucho mucho mucho.
Aún no se nos había quedado obsoleta (a todos) la Larousse.
Aún existían la URSS, la RDA y Yugoslavia.
Todavía jugaba al baloncesto Larry Bird.
En aquellos tiempos autoeditar un libro era carísimo (de tres mil euros para arriba).
Además de sorprendente y extraordinario.
Lo digo para que entiendas mi curiosidad.
Por fin, un día después, en el silencio de la siesta del domingo, pude disponer del libro a mis anchas.
Y me perturbó.
No sé si era el diseño de la portada (que imitaba las cubiertas de los premios Planeta).
O la foto (con aquel montaje tan amateur).
Pero la cubierta tenía algo que me sacaba de mis casillas, que desafiaba mis expectativas sobre lo que debía ser un libro.
Algo que no podía explicar…
Y cuando lo abrí, aquella sensación aumentó.
Quizá eran las tipografías.
O los interlineados.
O los márgenes.
O los cuerpos de letra.
Quizá se trataba de los numerosos errores y erratas…
El caso es que nunca lo leí.
Y eso que en aquella época yo leía todo lo que caía en mis manos.
Nunca lo leí pero pensaba mucho en él.
De vez en cuando incluso lo sacaba de la estantería y lo miraba durante un buen rato, como si fuera un objeto caído del espacio que no terminara de entender bien, un problema que había que resolver.
Hoy, recordando esta historia, me he dado cuenta de lo que me pasaba: quería arreglar el problema.
Quería que la novela dejara de ser un meteorito.
Quería que ocupara su sitio en las librerías de las casas.
Por derecho.
Quería que se pudiera leer sin sentir extrañeza.
El amigo de mi padre hizo lo más difícil (escribir su novela por las noches, después de trabajar) pero se equivocó justo al final (la edición del libro).
¿Eso le costó ventas?
Sin duda, pero en este caso es irrelevante porque le daba igual.
Lo que no le daba igual, lo verdaderamente doloroso para él, es que le costó lectores.
Al menos uno.
Y eso sí que lo sabemos con certeza.
Así que si quieres lectores (al menos uno) te recomendamos que contrates servicios editoriales para tu libro. Nosotros tenemos estos: corrección, maqueta, cubierta, ebook, ISBN, imprenta y distribución.
Y estamos justo al otro lado de la flecha.
