Combustible para cohetes

Esto son un montón de cartas para ti que hemos ido escribiendo, poco a poco, en estos últimos veinte años. En ellas te contamos cómo funciona realmente esto de publicar y de autoeditar, pero también hablamos de otras cosas, no creas...

Lo peor que le puede pasar a un libro

Lo peor que le puede pasar a un libro no es que todas las editoriales lo rechacen.

Tampoco que todas las editoriales lo quieran publicar.

Ni siquiera que sea una sola editorial la que diga que sí, eliminando cualquier posibilidad de negociación.

Lo peor que le puede pasar a un libro es lo que le pasó a Maus.

Maus de Art Spiegelman es una obra maestra, un clásico de la cultura contemporánea, ganadora de varios premios (entre ellos el Pullitzer en 1992), un longseller (el verdadero torrente sanguíneo de las editoriales) que puedes comprar en cualquier librería, por pequeña que sea, porque siempre está editado y disponible.

Pero cuando aún no era más que un borrador, Spiegelman lo llevaba a las editoriales avergonzado.

Porque Maus tenía un oscuro secreto.

Una perversión que provocaba desmayos y sofocos entre los intelectuales y las élites culturales.

Algo intolerable, insospechado, monstruoso…

 ¿Socialismo?

¿Liberación sexual?

¿Drogas?

No.

Mucho peor.

Era un puto cómic.

Y sin embargo al editor de toda la vida no se le caían los anillos con esas cosas, porque el editor de toda la vida pensaba en la pela mayormente.

Y en robar a los autores todo lo que podía (y luego pagarles el entierro, eso sí).

Así que, cuando a finales de los años setenta, Art Spiegelman les propuso la publicación de la primera parte de Maus, los editores se dieron cuenta de que aquello era bueno.

Muy bueno.

Chico, has hecho una obra maestra, le decían por escrito (Spiegelman aún guarda las cartas).

Al final Maus se publicó autoeditado en 1980 en una revista de cómic, Raw, que el autor había fundado junto a su mujer, Françoise Mouly.

Vale, creo que sé lo que estás pensando.

Ahora me va a meter el rollo de que no quiso perder el control de su obra.

De que no quiso que el editor se llevara la pasta.

Y de que se forró autoeditando el cómic porque tuvo una visión.

Pues nada de eso.

Naranjas de la china.

Lo que pasó fue (y este ejemplo es impagable para entender cómo funciona el cerebro de la bestia editorial de toda la vida) que…

…aunque los editores tenían claro que era una maravilla…

¡NO SABÍAN CÓMO VENDERLO!

Tal cual.

En aquellos entonces los cómics en Estados Unidos solo se vendían en tiendas especializadas y en quioscos.

Iban dirigidos principalmente a niños.

Y a las librerías no se les pasaba por la cabeza vender cómics.

Maus era un cómic, pero tenía el mismo peso que una novela de Albert Camus.

Pero era un cómic.

Pero novelaca.

Por eso, por no saber cómo demonios venderlo, nadie quiso publicarlo.

Luego ya sí, claro, porque Maus lo que hizo, entre otras cosas, fue crear un mercado nuevo: el de los cómics que se venden en librerías serias y respetables.

Y por eso ahora tenemos obras como Persépolis de Marjane Satrapi, Berlin de Jason Lutes, Palestina de Joe Sacco… porque los editores saben cómo venderlas.

(Grábate eso a fuego: los editores necesitan saber cómo vender tu libro.)

Mira tú por dónde la autoedición (pequeña, guerrillera, honesta, pobre, idealista, huérfana de mercado, ausente de los grandes salones de la cultura), cambia el mundo otra vez y lo pone patas arriba.

¿Y aún te preguntas por qué nosotros nos subimos a este tren desde nuestra más tierna mocedad?

Pues aquí estaremos, hasta que la muerte nos separe, en las tierras de lo indie, corrigiendo libros, maquetándolos, haciendo el ebook, el ISBN, imprimiéndolos y distribuyéndolos, para todos los autoros y autoras (para ti), por muy vergonzosa que sea su propuesta.

Y sí, también hacemos cómics.

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