Esto son un montón de cartas para ti que hemos ido escribiendo, poco a poco, en estos últimos veinte años. En ellas te contamos cómo funciona realmente esto de publicar y de autoeditar, pero también hablamos de otras cosas, no creas...
Imagínate en una granja en medio de la nada en Texas, en 1870.
Por la tarde has tenido un mal presentimiento, has metido a toda la familia en casa y has apagado las luces.
Tu casa es una fortaleza preparada para resistir un asedio: muros gruesos de adobe, postigos desde los que disparar, arena en el techo para evitar las antorchas incendiarias…
Estás en la ventana, con tu rifle, en la oscuridad, atento a cada ruido, rezando para que sea una falsa alarma.
Y de pronto una de tus yeguas de crianza relincha.
Contienes la respiración esperando la respuesta, pero ésta nunca llega.
La yegua relincha por segunda vez.
Ya tienes toda la información que necesitabas: estás muerto.
Esta es una pequeña adaptación libre de un fragmento de “Centauros del desierto”, la novela de Alan Le May que llevó al cine John Ford, con John Wayne de protagonista, y que publicó Valdemar en España.
El granjero es el hermano de Ethan Edwards (John Wayne) y esto es todo lo que deduce solo con el relincho de su yegua:
-Fuera hay caballos extraños y por eso ha relinchado la yegua.
-Los jinetes son comanches porque son especialistas en silenciar a sus caballos. Cualquier caballo salvaje o de un vecino habría respondido.
-Los comanches han desmontado y se acercan a pie. Si fueran a caballo, los habría visto desde la ventana.
-Si van a pie es porque tienen un plan de asalto y lo van a ejecutar de principio a fin, no están tanteando a ver qué pasa, no están pensando en huir.
-Vienen de todas direcciones porque ningún comanche en su sano juicio se acercaría nunca con el viento a favor, dejando que un animal lo huela.
-Y lo más inquietante de todo: son muchos, y por eso se han dividido y están rodeando la casa.
Todo esto te lo cuento porque de cuando en cuando nos llaman autores y autoras que son como el hermano de John Wayne.
Vienen de otras experiencias de edición.
Nos preguntan cosas extrañas.
Miran esto y lo otro.
Olfatean el aire.
Y de pronto consiguen el indicio que les tranquiliza (o no).
A veces consiste en que directamente no firmamos contratos de edición.
Otras en que nunca prometemos cosas locas relacionadas con la distribución o la promoción.
Otras en que no forzamos situaciones, como las comisiones, la reimpresión, las permanencias…
Pero casi siempre es algo insospechado, un pequeño detalle que pasa desapercibido para todo el mundo, incluidos nosotros mismos.
El otro día nos pidió presupuesto una chica y, en medio de todo el proceso (que había sido siempre por email), de pronto me llamó muy acelerada y me dijo:
–¿No hacéis valoraciones ni informes de lectura gratuitos?
Me preparé para decepcionarla:
–No, lo siento, hacemos un informe de lectura de tu libro, si quieres, pero son de pago (lleva mucho tiempo hacerlos bien). Los encargamos a lectores profesionales, externos e independientes.
–No lo sientas –me dijo ya mucho más tranquila–, un informe de lectura gratuito es justo lo que no quería que me ofrecieras.
Venía huyendo de los comanches, había atravesado el desierto, había enterrado ya un libro, y mi respuesta fue el relincho de confirmación que necesitaba: vienen amigos de visita, encended las luces, calentad la sopa, sacad el whisky. Si quieres unirte a la fiesta estamos aquí:
