Combustible para cohetes

Esto son un montón de cartas para ti que hemos ido escribiendo, poco a poco, en estos últimos veinte años. En ellas te contamos cómo funciona realmente esto de publicar y de autoeditar, pero también hablamos de otras cosas, no creas...

La Gestapo en calzoncillos

No teníamos ni idea de lo que era la Gestapo, solo sabíamos que era una cosa de los nazis y que daba muy mal rollo. Los calzoncillos sí sabíamos lo que eran porque los usábamos todos los días.

Teníamos 10 años.

En aquel entonces se hablaba mucho de los nazis y de la Segunda Guerra Mundial. 

Había infinidad de libros, películas, series, artículos, reportajes, fotos… A la gente le interesaba todo lo que tenía que ver con aquello, aunque habían pasado casi cuarenta años.

Por eso, cuando decidimos hacer una obra de teatro, elegimos ese tema de forma natural.

El planteamiento era el de una sitcom de las que veíamos en la tele, en la que Hitler despachaba con algunos de sus generales en plena guerra. Todo el guion, que escribíamos y ensayábamos unos días antes en el recreo del comedor, eran chistes de Jaimito adaptados, imitaciones de anuncios de la tele y gags físicos muy básicos… pero la función se llenaba y el público (todo niños y niñas de primaria) se partía de risa con nuestro espectáculo.

Nos vestíamos con las camisas de los scouts, que eran caquis, y yo (que hacía de Hitler) me peinaba con raya y me ponía un bigote postizo que había comprado en una tienda de bromas y recortado con tijeras.

Un niño Hitler, nada menos.

Quique, que era el que mejor dibujaba, nos hacía unos brazaletes rojos con la esvástica, y algunos cuadros para el decorado, que era el despacho de Hitler. La mesa y las sillas las cogíamos prestadas de la clase.

Por suerte o por desgracia no hay fotos de aquello. 

La Gestapo en calzoncillos tuvo tanto éxito que empezamos a hacer secuelas y a ampliar nuestro marketing.

Quique diseñó unos carteles maravillosos en los que salía la cabeza de un cerdo (imitando a Ibáñez) con una gorra militar con la esvástica, y colgamos copias por todo el colegio.

Ah, y empezamos a cobrar entradas: cinco pesetas (algo así como cinco céntimos de euro al cambio más inflación).

Regalábamos un globo con cada entrada.

Hasta la maestra acabó quedándose un recreo para vernos (sacrificando su cigarrillo y su café) y nos dio algunos consejos sobre cómo colocarnos y movernos en el escenario.

Seguíamos llenando.

El problema vino cuando nos llegó el mensaje (a través de un adulto desconocido) de que había gente a la que le podía molestar nuestro espectáculo.

Aquello nos extrañó mucho: todo el mundo odiaba a los nazis, eran los malos de las películas, habían cometido los crímenes más horrendos. 

¿Por qué iba alguien a molestarse de una parodia infantil que los ridiculizaba?

Ahora no tengo ninguna duda de lo que pasaba:

Lo habíamos petado y el colegio entero estaba hablando de nosotros.

Tal cual.

En todos los años que llevo trabajando en UNO editorial, que no son pocos, he visto a algunos autores y autoras capaces de hacer algo parecido, es decir, de convertir su libro en parte de la conversación de un colectivo más o menos amplio.

Si consigues eso, recibirás todo tipo de opiniones (buenas y malas) y desencadenarás emociones y energías que ni te imaginas.

Pero sobre todo, lo más importante, lo fundamental: obtendrás relevancia.

Y esa es la llave de todo lo demás, sea lo que sea lo que busques con tu libro: influir, ganar dinero, difundir, debatir, ser conocido, conseguir clientes… Lo que sea.

Pero todo empieza siempre en el mismo sitio: publicar tu libro. Y nosotros podemos ayudarte a hacerlo: solo tienes que pulsar la flecha que hay justo debajo.

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