Esto son un montón de cartas para ti que hemos ido escribiendo, poco a poco, en estos últimos veinte años. En ellas te contamos cómo funciona realmente esto de publicar y de autoeditar, pero también hablamos de otras cosas, no creas...
El teléfono, entendido como un cacharro que sirve para hablar (no como un ordenador de bolsillo), se está extinguiendo.
Es casi imposible encontrar un número de contacto en la mayoría de las webs.
Y en otras, cuando lo intentas usar, acabas teniendo una conversación del espacio con un robot que parece una persona.
O (peor aún) con una persona que parece un robot.
Dicen que el teléfono es un servicio caro de mantener.
Dicen que te apañes con las ayudas en línea y los FAQs.
Dicen que rellenes un formulario si quieres contactar.
Y yo digo: Dios le bendiga, Mr. Rosewater, (que es mi novela favorita de Kurt Vonnegut).
Trataba sobre la compasión.
Sobre el miedo a heredar las tendencias suicidas de los padres.
Sobre millonarios que parecen haber perdido la chaveta.
Sobre bomberos voluntarios.
Sobre ermitaños.
Y sobre personas que hablan de verdad.
No en modo robótico-comercial.
Personas que dicen cosas en serio y escuchan cosas en serio.
El protagonista, Elliot Rosewater, multimillonario heredero, alcohólico rehabilitado y teniente del cuerpo de bomberos voluntarios del pueblo natal de su dinastía, se traslada a una antigua consulta de dentista e instala dos teléfonos: uno rojo, para emergencias de los bomberos voluntarios; y uno negro, que es una especie de teléfono de la esperanza al que puede llamar cualquiera.
El rojo casi nunca suena pero el negro…
El negro está sonando sin parar con llamadas de todo tipo de gente, con todo tipo de historias, a cualquier hora del día y de la noche…
Y todas las llamadas tienen algo en común:
Son personas que necesitan hablar.
Desesperadamente.
Y es que una editorial no es un negocio cualquiera.
Aquí la gente pone su vida sobre la mesa.
Aquí la gente necesita(mos) hablar.
Por eso siempre estoy disponible, esperando la llamada perfecta.
Esa que empieza con alguien diciendo: “La electricidad me persigue de nuevo, señor Rosewater”.
A lo que yo contestaré: “Oh, ¡maldita electricidad!”
Es la contraseña de hoy.
Lo otro (nuestro trabajo) siempre lo tienes ahí, para cuando lo necesites: corrección, maqueta, ebook, ISBN, imprenta y distribución. Ya sabes dónde estamos: al otro lado de la flecha.
