Combustible para cohetes

Esto son un montón de cartas para ti que hemos ido escribiendo, poco a poco, en estos últimos veinte años. En ellas te contamos cómo funciona realmente esto de publicar y de autoeditar, pero también hablamos de otras cosas, no creas...

La cuchara, el martillo, la rueda o las tijeras

Cuando era niño pasaba muchas tardes en el estanco de mi tía.

Me llevaba juguetes, dibujaba, hacía los deberes, atendía a algún cliente (sin que mi tía me quitara los ojos de encima para que no diera mal el cambio), saludaba a los tenderos vecinos (a Paco el lechero, a la frutera de enfrente).

Me bajaba a ver las máquinas de videojuegos del Simago (mi favorita era la de Fórmula 1 que te podías sentar y todo en una cabina con volante).

Mi tía escuchaba la radio y hacía crucigramas para matar el tiempo.

Un día, huroneando por los cajones del mostrador, descubrí una cajita negra, muy misteriosa, y la abrí.

Dentro había varias piezas largas de plástico con una especie de riel, un montón de letras sueltas en relieve y un tampón de tinta negra y otro rojo.

Yo no lo sabía pero era una pequeña imprenta de tipos móviles, ¡y de dos tintas!

Mi tía me pilló con las manos en la masa (como siempre) pero no se enfadó.

–Estaba en el estanco cuando yo llegué. Tienes que montar las palabras al revés, así, ¿ves? –me dijo–, pones las letras una por una. Luego lo mojas en el tampón y…, trae ese papel…, al apretar se queda impresa la frase. La verdad es que no la he usado nunca.

Yo no me podía creer lo que estaba viendo.

Aquello tenía unas posibilidades infinitas.

Era la bomba.

Podía fabricar algo con la misma entidad que un libro, sacudirme mi letra de niño, crear contenidos universales al alcance de todos.

Eternos.

Mi tía me dio permiso para usar la imprenta.

Y esa misma tarde fundé una editorial y un periódico.

El libro es el objeto cultural más poderoso que ha existido, existe y probablemente existirá.

El ebook, los audiolibros, los libros multimedia, etc., todo eso está bien y ocupa su sitio, pero nunca va a sustituir al libro.

Porque (ya lo decía Umberto Eco) el libro es como la cuchara, el martillo, la rueda o las tijeras: una vez inventado no se puede mejorar.

Así que si me preguntas cuál es la mejor manera de conservar y transmitir tu voz, tu pensamiento, tus sueños, tu opinión, tus recuerdos, tu trabajo, tu testimonio, tus anhelos, tu vida… siempre te voy a responder lo mismo:

Publica un libro.

Funcionará mañana y dentro de mil años (no como las cintas beta, las VHS, los laser-disc, los compact-disc, los casetes, los discos de 3 y 1/2, los discos de 5 y 1/4… ¿sigo?)

Sin electricidad.

Sin monitor.

Sin botones.

Sin reproductor.

Sin software.

Y además es portátil y decorativo.

El periódico que fundé con diez años ya no existe pero la editorial, aunque ha cambiado de nombre varias veces, sigue funcionando con el mismo espíritu y da servicios de corrección, maqueta, cubierta, ISBN, ebook, imprenta y distribución. Ah, y la sede ya no está en un estanco, sino aquí:

¿Quieres publicar?

Sigue la flecha

¿Más combustible para cochetes?

Del color del ano de Satanás

Antes, maquetar era casi una manualidad. Las páginas se confeccionaban físicamente, sobre una lámina. Se medían las líneas de texto con el tipómetro, una especie de regla de tipos de…
Leer carta

Somos tontos

Había una película, que ya casi está olvidada, Philadelphia, igual te suena. Trataba del sida y de la homosexualidad, pero en la vida de un abogado pijo y blanco. En…
Leer carta

Todo eran risas

No sé si lo sabes, pero los autores han sido siempre el patito feo del mundo editorial. Me refiero sobre todo a la parte económica del asunto, o sea, a cobrar. Y…
Leer carta

Los cuadros locos de Charles

Hay una serie antigua, Retorno a Brideshead, que nos fascina. No tiene mil temporadas interminables ni nada de eso, solo once o doce capítulos. El protagonista, Charles Ryder, lo interpreta Jeremy Irons.…
Leer carta