Esto son un montón de cartas para ti que hemos ido escribiendo, poco a poco, en estos últimos veinte años. En ellas te contamos cómo funciona realmente esto de publicar y de autoeditar, pero también hablamos de otras cosas, no creas...
Angustias (esos nombres volverán a ponerse de moda, ya lo verás) escribió un cuaderno de recetas en 1949, como parte de la preparación de su matrimonio, que se celebraría un año después.
Compró un cuaderno de hojas rayadas para que las líneas fueran rectas.
Lo forró con un papel de flores en tonos naranjas, violetas y amarillos.
Numeró las páginas de su puño y letra.
Y empezó a escribir recetas con una letra grande y picuda, de esas que al principio parecen un jeroglífico, pero que, luego, cuando les coges el tranquillo, son fiables y regulares como un reloj.
Una por una, hasta casi las 300 páginas.
Subrayaba el título y las iba añadiendo a un índice al final.
Cuando terminó, puso el libro en una repisa al lado de la despensa.
Fue su cuaderno personal de recetas durante toda la vida.
Sesenta y cinco años después, su nieta Ana nos llamó por teléfono.
Tenía ese tesoro entre las manos y quería editarlo y regalar copias a toda la familia.
Nos mandó una foto: lo sostenía como si fuera un cachorrito de poca edad.
Enseguida tuvimos claro que había que hacer un facsímil, lo que implicaba escanearlo, lo que implicaba pegarle una paliza al valiosísimo original.
Casi nos dieron ganas de contratar un seguro para el manuscrito cuando le pedimos que nos lo enviara.
Por fortuna, el libro llegó sin contratiempos.
Y, efectivamente, era una maravilla.
Llamamos a nuestra cliente, Ana, y le propusimos un formato amplio, cuadrado.
Una portada clásica con un marco rojo y negro y un pequeño grabado de unos espárragos tudelanos.
Por supuesto una cubierta en papel verjurado.
Encuadernado cosido.
Y un papel ahuesado volumen para el interior, que le daba un aspecto sólido y a la vez antiguo.
No queríamos perder el estampado del forro (las flores) pero tampoco nos apetecía ponerlo en la cubierta, así que lo incorporamos en forma de «falsas» guardas, en color.
Era un recurso caro, pero merecía la pena.
Tramitamos un ISBN y un depósito legal, para que la Biblioteca Nacional lo catalogase (quién sabe si algún etnógrafo o antropólogo o vete a saber qué del futuro lo encuentra interesante).
Hicimos unos 100 ejemplares que la familia distribuyó entre sus miembros y allegados con alborozo.
Ahora han pasado unos años y seguro que hay ejemplares del libro de Angustias que duermen el sueño de los justos en alguna estantería.
Pero nos consta que otros se utilizan con asiduidad como libro de consulta para ciertas recetas.
Y estamos seguros de que ninguno ha terminado en el cubo de basura (léase contenedor de reciclaje de papel).
Si me preguntas, calculo que aguantará al menos los próximos 50 años, sobreviviendo a bestsellers de todos los tamaños y colores, en los exigentes procesos de selección de las mudanzas, los vaciados de casas de muertos, las herencias, etc.
Eso significa que el libro de Angustias cumplirá sin despeinarse el siglo.
Vivito y coleando.
Igual que su fotografía en la cocina, a la hora del aperitivo, con el periódico abierto sobre la mesa, unas patatas para picar y una cerveza bien fría.
Igual que sus inolvidables berenjenas rebozadas.
Su postre de crema pastelera, merengue y puré de manzana.
Sus patatas a lo pobre.
¿Pensabas que esto acababa en la nueva Simone Ortega?
¿Es que te parece poco?
A lo mejor es poco, no lo sé.
Yo te cuento todo esto porque hoy me he acordado del libro de Angustias cuando me ha llegado este email:
Hola,
Tengo un libro de cocina que mi madre escribió a mano cuando era niña.
Estaba nerviosa, portándose mal, y su madre (mi abuela) la sentó en una mesa y se puso a dictarle recetas.
Me gustaría hacer algo con él para dárselo a mis hermanas y a los hijos y a los nietos.
El misterio de la vida y el tiempo y los libros… Nosotros no tenemos las respuestas pero sí podemos ayudarte con algunas de las preguntas, por ejemplo: la corrección, la maqueta, la cubierta, el ISBN, la imprenta, el ebook, la distribución… Estamos aquí: sigue la flecha.
