Esto son un montón de cartas para ti que hemos ido escribiendo, poco a poco, en estos últimos veinte años. En ellas te contamos cómo funciona realmente esto de publicar y de autoeditar, pero también hablamos de otras cosas, no creas...
Pasé un verano en casa de unos parientes, en el norte, en un pueblecito costero de pescadores.
El mar estaba frío y no se podía ir a la playa alegremente.
A veces hasta llovía.
A mí todo eso me extrañaba mucho porque venía del sur y nunca había estado al norte del Duero, pero mi primo estaba acostumbrado al mal tiempo y tenía muchos trucos para pasarlo bien sin bañarse.
El campo de fútbol de arena.
Las barcas del amarradero.
La pesca en los espigones.
Los cangrejos.
La sala de máquinas recreativas.
Era un par de años mayor (tenía 12) y nunca antes habíamos estado juntos (ni apenas hemos vuelto a vernos), pero nos entendíamos más o menos bien.
Éramos primos lejanos, como los de la serie de televisión.
Hubo una semana en la que llovió casi todos los días y a mi primo se le acabaron los trucos. Estábamos oficialmente aburridísimos.
Para remediarlo, su padre (que era marinero) nos compró unas láminas de corcho blanco, unos palos acabados en punta de esos de pincho moruno y cinta aislante roja.
–Haced un barco cada uno –nos dijo–, y luego me los enseñáis.
Yo siempre he sido un desastre para las manualidades.
Torpe, torpe.
Así que me salió una especie de balsa sin borda.
Para rematarla clavé un palo en el medio, a modo de mástil y puse arriba una bandera turca.
Mi primo sin embargo miró fotos de galeones en un diccionario ilustrado que había por la casa (años ochenta, cero internet) y fabricó uno precioso, con un montón de piezas pegadas, que iba forrado con la cinta aislante, tenía velas y hasta flotaba cuando lo probamos en la bañera.
Le puso una bandera de España.
Cuando fuimos al salón a enseñar nuestros prototipos, mi tío estaba fumando en pipa y leyendo el periódico. Yo pensaba que al ser un niño, y además invitado y pariente político de poco trato, me iba a decir que no estaba mal y a otra cosa.
Pero para mi desgracia no fue así:
–Hijo mío, tu barco es una mierda –me soltó.
Y se puso a alabar el galeón de mi primo.
–Mañana lo probamos en el mar –le decía.
¿La moraleja?
Pues que cuando publicas un libro tienes que hacerlo bien.
Sin faltas de ortografía.
Con una letra decente que se pueda leer.
Con una portada que no te tire hacia atrás de culo.
Da igual que solo lo estés haciendo para tu familia porque son las memorias de tu vida.
O la historia de cómo se conocieron los abuelos.
Si lo haces mal, quedará mal.
Y si lo haces bien, quedará bien.
Mi balsa turca ya no existe, pero los libros acaban en el salón de las casas.
Y rara vez se tiran.
Así que si necesitas ayuda con el tuyo, podemos echarte una mano con la corrección, la maqueta, el ISBN, el ebook, la imprenta y la distribución.
Los puedes contratar sueltos, ya sabes, cuarto y mitad.
En la flecha.
