Esto son un montón de cartas para ti que hemos ido escribiendo, poco a poco, en estos últimos veinte años. En ellas te contamos cómo funciona realmente esto de publicar y de autoeditar, pero también hablamos de otras cosas, no creas...
Ya hemos hablado muchas veces de que la clave de todo, si tu objetivo es vender, pasa por construir una audiencia.
Hay quien la construye desde su popularidad (presentadores, actores, políticos, periodistas…)
Hay quien la construye desde su profesión (un psicólogo, un profesor, una entrenadora de perros…)
Hay la construye desde sus libros (publicando mucho y acumulando listas de correo de seguidores, reseñas, promociones…)
Y hay quien construye su audiencia desde internet (redes sociales, blogs, foros…)
Como ves, estos tiempos han traído muchos caminos nuevos, llenos de posibilidades.
Antes prácticamente solo existía uno: las mafias de escritores.
En las mafias de escritores había un padrino (un escritor reconocido) y muchos matones ahijados (escritores jóvenes e inéditos).
Los matones se pasaban la vida chupando rueda e intentando escalar en la cadena para tener acceso a los dones del padrino: publicaciones en editoriales importantes, prólogos recomendando sus obras, antologías en las que aparecer, reseñas de sus libros en medios importantes, premios a dedo, contactos valiosos…
El padrino a cambio obtenía los servicios y la adoración infinita hacia su persona de un montón de jóvenes, y de paso iba invirtiendo en el plan de pensiones de su gloria que, con suerte, todos sus discípulos mantendrían viva durante al menos una generación.
Porque los ahijados prosperaban y creaban luego sus propias familias, si es que les iba bien.
Y el ciclo empezaba otra vez.
Si les iba mal dejaban la literatura y se colocaban.
O escribían obras maestras en secreto.
Como te puedes imaginar, los candidatos a matón eran muchos, pero las sillas en los salones de la casa del prohombre, pocas.
Así que la competición era feroz.
Sin tregua.
Sin piedad.
Personal.
Se usaban todas las armas:
Había autores pesados e insistentes.
Otros que eran auténticos profesionales del peloteo.
Unos venían recomendados (de buena cuna).
Los había que traían ofrendas (nuevos mercados para el padrino: universidades, instituciones locales, revistas literarias, premios…) a cambio de formar parte de su camarilla.
También había sexo, claro.
En general el talento puro y duro importaba poco.
Incluso estaba mal visto (amenazaba la autoridad del padrino)
Y así se gobernaba todo el cotarro literario entre los distintos caciques (los de las editoriales, los de las familias de escritores, los de los medios de comunicación y los de la política) que se repartían (y peleaban) el dinero, la gloria y los privilegios, usando un refinado sistema de castas que garantizaba la continuidad del asunto.
El arte, entendido como un sitio de crecimiento, de profundización, de disrupción, de crítica…, se penalizaba.
Y ese otro arte, el que glorifica el poder, defiende el sistema y mantiene las cosas como están pero creando la ilusión de que han cambiado, se bonificaba.
Ese era el mundo literario antes de internet y de Amazon, por supuesto con sus excepciones y sus cisnes negros.
Algunos nostálgicos echan de menos ese viejo orden novecentista de los premios, las editoriales y los suplementos culturales de los periódicos.
Nosotros lo vimos de cerca y, la verdad, salimos corriendo lo más rápido que pudimos en dirección contraria.
Con todo, no podemos evitar sentir cierta ternura cuando viene algún autor (suelen ser hombres) con el prólogo de su padrino debajo del brazo.
¿Es que aún existe eso?
Sí, claro, igual que convivieron los guerreros impi de los zulúes con la artillería británica.
Nosotros, que no sé si somos impis o cañones, hacemos libros: los corregimos, los maquetamos, diseñamos la cubierta, tramitamos el ISBN, producimos el ebook, imprimimos todos los que quieras y los distribuimos. Solo tienes que seguir la flecha.
