Esto son un montón de cartas para ti que hemos ido escribiendo, poco a poco, en estos últimos veinte años. En ellas te contamos cómo funciona realmente esto de publicar y de autoeditar, pero también hablamos de otras cosas, no creas...
Érase una vez un chico sentado en un banco leyendo un contrato de edición.
Un martes cualquiera, en una ciudad cualquiera, de un otoño de hace 20 años.
El contrato era por haber ganado un premio literario.
El chico…, pongamos que era yo.
Pero antes, dos afirmaciones que quizá te resulten reveladoras:
Los premios literarios están dados.
Los premios literarios no están dados.
¿El gato ese del científico con nombre impronunciable?
¿Otra injusticia más por la que levantar el puño?
No, mucho más fácil.
La mayoría de los premios literarios no buscan la excelencia sino la publicidad (esa que ahora llaman orgánica).
A veces quieren promocionar la editorial o la institución.
A veces, la propia obra.
Casi siempre ambas cosas a la vez.
Por eso el premiado suele ser alguien que traiga un poco del valioso elixir de la promoción debajo del brazo.
Una escritora de éxito.
Un presentador de televisión.
Una periodista de reconocido prestigio.
Un famoso.
Y ahora quizá estés pensando: menuda noticia, como si eso no lo supiéramos ya todos.
Bueno, te sorprendería la cantidad de gente que sigue presentándose a premios que están dados claramente a famosos o a escritores conocidos. Y cómo asumen todas esas personas, con naturalidad, que los premios los ganen siempre esos famosos y esos escritores conocidos porque su obra es mejor y no por nada más.
Pero si todo esto ya lo sabías, entonces lo que te interesa es la segunda afirmación con la que empezaba este email.
Los premios literarios no están dados.
A veces, en algunos casos, que suelen coincidir con editoriales pequeñas, premios poco conocidos y algunos premios públicos, sí que se busca la excelencia, y no hay un ganador ya previsto a priori, ni aparece nadie del jurado, en la última ronda, con un borrador sin plica debajo del brazo que se salta todos los procesos previos del certamen (otro método clásico de corrupción de concursos).
¿Cómo se distingue los que están dados de los que no?
Mirando a quién han premiado en los últimos años, claro.
Como te decía yo gané uno de esos premios, hace casi veinte años, y doy fe de que no estaba dado porque servidor era un don nadie sin contactos en una ciudad inmensa.
Parte del premio era la publicación del libro en una editorial comercial.
Así que una mañana acudí a la editorial designada, tan flamenco, y me encontré a un tipo como yo, pero quince años mayor, que sacó un contrato de no sé cuántas páginas y me pidió que lo firmara.
No había nadie más en la oficina.
Yo le dije que me lo quería llevar y leer y tal. Y él me dijo que vale.
Así que en cuanto llegué a la calle, me senté en un banco y me puse a leer el contrato.
Y empecé a cabrearme por momentos.
Estuve a punto de volver a subir hecho un basilisco.
Ay.
El final de la historia es que no firmé ese contrato, sino otro un poco más favorable a mis intereses después de una dura negociación.
Mi libro no llegó a ninguna parte, ni nadie nunca mostró el más mínimo interés por sus derechos de edición, así que podrías pensar que fue en vano toda aquella pelea, que no merecía la pena tanto celo.
Bueno, quizá tengas razón, pero déjame decirte tres cosas:
1) Cuando pones una obra a la venta nunca se sabe lo que puede pasar.
2) A nosotros nos llaman, con demasiada frecuencia, autores que han firmado contratos sobre sus obras de los que luego se han arrepentido amargamente.
3) Y sobre todo, ¡demonios!, era mi libro y no iba a regalarlo de cualquier manera y a cambio de nada.
Y añado una cuarta: en UNO editorial nunca firmamos contratos de cesión de derechos.
Así nos ahorramos todos el chico en el banco a punto de volver a subir hecho un basilisco.
Por cierto, si te interesa saber lo que necesitas y cuánto vale publicar tu libro, estamos justo al otro lado de la flecha.
