Combustible para cohetes

Esto son un montón de cartas para ti que hemos ido escribiendo, poco a poco, en estos últimos veinte años. En ellas te contamos cómo funciona realmente esto de publicar y de autoeditar, pero también hablamos de otras cosas, no creas...

El peruano que se leyó las instrucciones

Había una vez un impresor, absolutamente imprevisible, que tenía un par de máquinas pequeñas de offset, metidas en un local de un barrio en las afueras.

Trabajaba con su hermano, con el crío de un encuadernador amigo (lo tenía de aprendiz), con una maquetadora a punto de jubilarse, y con una administrativa a punto de casarse.

Un día entraron en su tienda unos chicos que querían editar libros y que no tenían ni idea de maquetación.

Ni de diseño.

Ni de fotomecánica.

Ni de materiales.

Ni de procesos.

Así que me temo que también eran absolutamente imprevisibles.

Pero, Dios los cría y ellos se juntan, de aquella feliz unión salieron muchos libros locos (locos siempre desde un punto de vista estrictamente editorial):

Porque llevaban negros que parecían marrones.

Colores desenfocados.

Encuadernaciones cavernosas.

Páginas fuera de su sitio.

Diseños insospechados.

Materiales extravagantes.

Suena divertido pero en realidad era angustioso.

Editar aquellos libros resultaba un trabajo incierto, ignoto, descontrolado, imprevisible.

Era como explorar una isla desconocida.

Como conocer a una persona nueva.

Como entrar en una casa extraña.

Lo sabemos bien porque, como sospechabas, los chicos éramos nosotros.

El tiempo pasó y el impresor necesitaba contratar a alguien. 

Apareció un peruano que había emigrado a España y que en su país era oficial de artes gráficas.

Le contrataron.

Y lo primero que hizo fue preguntar por los manuales de instrucciones de las máquinas.

Estaban en un armario, cogiendo polvo.

Se los leyó.

Y de pronto todo empezó a ir bien.

Los negros eran negros.

Las páginas no se desencuadraban.

Etcétera.

Etcétera.

Para entonces los chicos que querían editar libros estaban a punto de irse a las imprentas de las capitales.

Ellos también se habían leído sus instrucciones y publicaban tantos libros que necesitaban proveedores más grandes.

Sabemos que la tentación siempre es empezar cuanto antes.

A nosotros también nos pasa (todos somos el mismo chimpancé).

Pero las cosas irán mucho mejor si sabes lo que estás haciendo.

Si te has leído las instrucciones.

Y créeme, no es lo mismo ponerte a montar una lámpara que autoeditar un libro.

Cuando publicas un libro, el método de ensayo/error puede tener consecuencias que duren años.

O que cuesten miles de euros.

Porque-efectivamente-sí-has-acertado: también hay instrucciones para los autores.

Las nuestras las tienes en esta página web, donde te explicamos cada uno de los servicios que damos (ya sabes, corrección, maqueta, ISBN, ebook, imprenta y distribución), y cada uno de los que no. Está todo al otro lado de la flecha.

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