Combustible para cohetes

Esto son un montón de cartas para ti que hemos ido escribiendo, poco a poco, en estos últimos veinte años. En ellas te contamos cómo funciona realmente esto de publicar y de autoeditar, pero también hablamos de otras cosas, no creas...

Del color del ano de Satanás

Antes, maquetar era casi una manualidad.

Las páginas se confeccionaban físicamente, sobre una lámina.

Se medían las líneas de texto con el tipómetro, una especie de regla de tipos de imprenta que servía para calcular los espacios.

Se designaban las zonas para imágenes.

No había ordenadores: solo máquinas de escribir, cúteres, pegamento…

Yo no llegué a ver eso profesionalmente, pero cuando me metí en la revista de mi instituto se hacía así tal cual.

Bueno, en realidad más artesanal.

Picábamos los textos con una máquina de escribir.

Sobre la marcha los maquetábamos y corregíamos.

Dejábamos espacios entre los textos para ir rellenando con imágenes, que solían ser ilustraciones de alumnos o ilustraciones de libros de la biblioteca.

Que Dios nos perdone si hemos transgredido los límites del copyright, decíamos en la página de créditos.

Éramos pedantes.

Cuando me tocó dirigir la revista (por fin), lo primero que hice fue informatizarla.

Empezamos a escribir los textos usando un procesador para PC (uno anterior al Word, el AmiPro) y luego maquetábamos las páginas con un programa que se llamaba Ventura Publisher.

Se abrió un mundo nuevo de posibilidades: tipografías (la máquina de escribir solo tenía una), tamaños, efectos, columnas, justificados…

Fue una revolución.

Por desgracia maquetar no consiste solo en tomar decisiones divertidas.

Tienes que conocer el mundo de la imprenta, cómo trabajan ellos, sus límites, sus manías.

Si no, meterás la pata.

Irremediablemente.

Y lo echarás todo a perder por culpa de alguna de tus (inocentes) decisiones.

Una cosa es la pantalla y otra el papel.

La pantalla brilla, por ejemplo.

¿Quieres que siga?

Nosotros al principio (hace más de 20 años) le echábamos la culpa a la imprenta y teníamos discusiones interminables con ellos.

Aburridísimas.

Frustrantes.

Un fotomecánico de una imprenta de aquellos tiempos (Dani Positivo le llamábamos para distinguirlo de Dani Negativo, que era muy cenizo, y de Dani Desastre que era, dejémoslo ahí, imprevisible) nos dijo una vez que habíamos usado un negro del ano de Satanás.

Tal cual.

Traducido: no era negro puro, estaba formado por mezclas de colores.

Y que por eso había salido impreso una especie de marrón.

Color mierda de Satanás, vamos.

Poco a poco fuimos entendiendo que el problema éramos nosotros (y lo solucionamos).

Por eso cuando los autores nos dicen que han maquetado su libro nos echamos a temblar.

Y nos preparamos para aceptar con entereza nuestro karma.

Karma es karma.

Bueno, a ver… no.

En realidad intentamos luchar contra nuestro karma.

No nos resignamos.

Y por eso nos tomamos el trabajo de revisar todas las maquetas autodidactas y damos dos respuestas: una técnica (¿se puede o no imprimir?) y otra estética (¿es recomendable imprimirlo tal y como está?).

Si tiene demasiados problemas, ofrecemos una alternativa en la que maquetamos nosotros el libro, y enviamos un ejemplo de cómo quedaría.

Normalmente les convencemos.

¿Cómo no vas a querer que tu libro salga lo mejor posible?

Y así conseguimos un mundo un poco mejor, sin negros del ano de Satanás, sin tipografías ilegibles, sin cubiertas con bordes en blanco por culpa de la sangre, sin lomos y solapas mal calculados, sin imágenes pixeladas…

Vale, ya paro.

Además de maquetar interiores y cubiertas de libros, también los corregimos, tramitamos ISBN, preparamos ebooks, imprimimos los ejemplares que necesites y los distribuimos. Si quieres ayudarnos a revertir nuestro karma, estamos aquí:

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